Mi primer POST

«Los lazos más fuertes son sin nudos»

LIBERTAD, RESPETO, ADMIRACIÓN, AMOR, FELICIDAD, EMPATÍA, DESAPEGO, CONCIENCIA, PLENITUD

LO UNICO REAL ES EL AMOR

— Sofía Ramírez.

Queridos lectores, incia por fin un gran proyecto el cual ya tenía mucho tiempo en mente y corazón; pero pues como todos los humanos de repente nos entra el pánico de no saber ni como comenzar y lo estuve prolongando… pensando e imaginado como quería lograr llegar al corazón de muchos por medio de mis escritos y soñando en poder dejar mi pequeño granito de árena.

Algunos ya me conocerán, algunos me leerán por primera vez… me gusta escribir desde el corazón y desde mi ser, compartiré ideas en las que creo, algunas que simplemente veo importantes se cuestiones y entremos en debates amistosos, y otras más solo por el hecho de conocimiento en general. Claro está que cuando uno comparte sus ideas, todo viene desde su prespectiva, lo que has aprendido en la vida y lo que nos funciona de manera individual; tengo muy claro que todos y cada uno de nosotros como seres, somo seres INDIVIDUALES y lo que me funciona a mí no significa le funciona a otros, que habremos quienes seamos más afines pues claro, sin embargo la vida es un constante aprendizaje, una evolución día a día y que lo que tal vez hoy me funcione a la perfección pueda ser que mañana, en 1 mes o en 1 año ya no sea así y no por que alguna véz dije que esa era mi «verdad» tengo que aferrarme a ella… si algo ya no se siente bien en tu corazón y en tu ser y no te ayuda a crecer, es momento de darle las gracias por el tiempo que te hizo sentido, te hizo crecer y NEXT!!

Mucho de lo que compartiré sera inspirado en pláticas que he tenido con mis seres queridos: esposo, amig@s, prim@s, hijos, sobrinos, herman@s, familiares, includos hasta desconocidos. El escuchar y ver puntos de vistas diferentes desde la experiencias de otros humanos nos ayuda a ampliar nuestras creencias, a cuestionar más sonbre cada idea y de esta manera creo podemos ser más tolerantes con ideas totalmente radicales a nuestro ser.

Espero encuentren en este espacio un apapacho a su álma, que se sientan identificados con lo compartido y sobre todo que cuestiones el todo y su corazón se llene solo de amor y felicidad.

Siganme y compartar. Tomen lo que les funciones y lo que no, solo es cosa de no tomarselo personal. Por aquí nos seguimos leyendo!!

Con mucho cariño. SOF

Cuando la PAZ empezó a parecer normal

Durante mucho tiempo pensé que tenía una intuición increíble.

Sentía que podía percibir cosas antes que los demás. Detectaba cambios en el tono de voz, silencios incómodos, miradas, detalles, acciones… hasta palabras. Pensaba que tenía desarrollado un sexto sentido; juraba que podia predecir el futuro.

Con el tiempo descubrí algo que hoy me hace entender muchísimas cosas.

Muchas veces no era mi intuición la que hablaba.

Era un sistema nervioso que llevaba años creyendo que vivíamos en Jurassic Park. Si, así de loco como lo leen.

Todo.

El.

Tiempo.

Y honestamente creo que eso fue lo que un día me llevó a tocar fondo y decir: Ya no más.

Cuando uno vive así, empieza a creer que estar preparado para el peligro es lo mismo que vivir en paz.

Pero no funciona así.

Confundí la tranquilidad con…

“No estoy viendo lo suficiente.”

Entonces empezaba el diálogo loquísimo de mi mente:

“Se te está escapando algo.”

“Si no lo analizas eres ingenua.”

“Relájate… pero no demasiado.”

🤣🤣🤣

Imagínense tantito… ¡La paz me parecía sospechosa!

Había que estar alerta.

Preparada.

Lista para la siguiente catástrofe.

(Jajajaja como la de mi retiro de silencio cuando mi pierna se quedó dormida y mi mente decidió que la amputación era inminente. 😂 Si no han leído ese capítulo, por favor háganlo porque hoy me sigo muriendo de risa y explica perfecto cómo funciona una mente entrenada para sobrevivir.)

Lo más bonito vino después.

Ahora que me estoy habitando de verdad… estoy aprendiendo a regresar a mí… un día me caché riéndome de mis propios pensamientos.

Llegó uno de esos pensamientos que antes me hubiera secuestrado por completo.

Y por primera vez le contesté diferente.

Le dije:

Respira.

Y mi mente, indignadísima, me respondió:

¿Cómo que respirar? ¿Solo eso? 😒😂

Y le dije:

Sí. Respira.

No estamos en peligro.

Todo está bien.

Gracias por intentar protegerme de un peligro que hoy no existe.

Y tranquila… esta mujer lleva el volante.

😮‍💨❤️‍🔥

Y ahí entendí algo hermoso.

No me estaba volviendo menos inteligente.

No estaba perdiendo mi intuición.

No estaba dejando de ver detalles.

Simplemente… me estaba volviendo más libre.

Sigo viendo cada detalle. Sigo sintiendo los cambios. Sigo siendo esa mujer que observa muchísimo y que siente todavía más. La gran diferencia hoy es que estoy aprendiendo algo muy bonito: no todo lo que percibo necesita una explicación, no todo necesita una reacción y definitivamente no todo anuncia una catástrofe.

Esto es muy revelador y me da una paz que no conocía, porque durante mucho tiempo pensé que bajar la guardia significaba volverme ingenua. Como si dejar de estar alerta fuera dejar de cuidarme y de cuidar lo que más amo.

Hoy empiezo a entender y a experimentar que era exactamente al revés.

Creo que parte de mi historia de protegerme contra el peligro tenía que ver también con adelantarme a lo que podría pasar. Así estaría preparada y, cuando llegara el madrazo, tal vez no sería tan duro atravesar esa ola de sentimientos de tristeza, miedo y soledad.

Pero hoy ya no quiero vivir así.

No quiero seguir viviendo con la necesidad de estar preparada para que algo malo pase. Quiero confiar en que, si algún día pasa, voy a poder cuidarme.

Y creo que ahí está esa hermosa diferencia.

Mi sexto sentido no desapareció. Solo dejó de trabajar para el miedo.

Y qué bonito descubrir que ahora también está aprendiendo a reconocer la PAZ.

Con cariño Sof

El entrenamiento invisible

El entrenamiento más importante es el que nadie puede ver

Nunca imaginé que uno de los mayores maestros del amor propio no sería un terapeuta. Sería un gimnasio. Suena un poco extraño, ¿no? Yo también lo habría pensado hace unos años.

Cuando decidí tener un pequeño gimnasio en casa, a mis 40 años, no estaba buscando encontrarme a mí misma. Tampoco estaba obsesionada con hacer ejercicio ni era una mujer particularmente disciplinada. La razón fue mucho más sencilla: quería dejar de usar la falta de tiempo como excusa. Quería eliminar ese clásico “ya se hizo tarde, mejor mañana”.

Nunca imaginé que esa decisión tan práctica terminaría convirtiéndose en uno de los aprendizajes más importantes de mi vida.

Al principio mi motivación era completamente física. Quería fortalecer mis piernas para correr mejor, levantar más peso para mantener mis músculos fuertes con el paso de los años y lograr hacer pull-ups sin liga. De hecho, tengo un objetivo muy específico: quiero ser parte de ese pequeño porcentaje de mujeres que pueden levantar su propio peso. Y sí, también estaba la parte visual. Me gusta verme bien y sentirme bien en mi cuerpo.

Lo que nunca imaginé fue que, mientras todo eso sucedía, había algo mucho más profundo ocurriendo sin que yo me diera cuenta. Mientras fortalecía mis piernas, también fortalecía mi paciencia. Mientras aprendía a respirar bajo esfuerzo, estaba aprendiendo a respirar también en medio del miedo. Mientras repetía 1 serie más, incluso cuando ya no tenía muchas ganas, estaba entrenando el músculo mas importante de todos: EL DE REGRESAR A MÍ. En ese momento yo pensaba que estaba entrenando mi cuerpo. Hoy sé que estaba entrenando mi manera de habitar la vida.

Hace unos días pasó algo hermoso que, visto desde fuera, parece algo insignificante. Solo apareció un pensamiento que antes me habría llevado a reaccionar casi en automático. Sin embargo esta vez paso algo diferente.

Entre ese pensamiento y mi reacción apareció un ESPACIO. Nunca había sentido ese espacio de una manera tan consciente.

No fue un momento espectacular. No hubo una gran revelación ni sentí que el tiempo se detuviera. Simplemente apareció un ESPACIO, un pequeño instante en el que pude observar mi miedo sin obedecerlo. Y, por primera vez, elegí diferente. Fue entonces cuando entendí algo que me conmovió profundamente. Ese espacio no apareció ese día. Llevaba meses entrenándolo. Cada entrenamiento al que fui sin ganas. Cada carrera. Cada respiración durante mis clases. Cada vez que decidí cumplir una promesa que me había hecho a mi misma. Todo eso estaba construyendo algo que yo todavía no sabía nombrar. Mi cuerpo lo estaba aprendiendo mucho antes de que mi mente pudiera entenderlo.

Durante mucho tiempo pensé que la disciplina era una exigencia. Hoy creo que fue una de las formas más amorosas en las que aprendí a decirme: “Confío en ti, Sof”. El cuerpo llevaba meses practicando algo que mi conciencia apenas acababa de descubrir.

Y el amor propio tampoco resultó ser repetir frente al espejo que me amaba. Fue demostrarme, una y otra vez, que podía sostenerme. Que podía regresar a mí. Creo aquí entendí por qué el amor propio es tan difícil de explicar. Porque no es una emoción. Es una práctica. Es la suma de pequeñas decisiones que parecen insignificantes hasta que un día descubres que reaccionas diferente frente a la vida.

Hoy siento que este año ha sido mi primer semestre en la maestría del amor. No del amor romántico. Del amor que comienza por una misma. Ese que te enseña que la verdadera fuerza no está en controlar lo que hacen los demás, sino en elegir, una y otra vez, desde donde quieres vivir.

Y quizá ese haya sido el entrenamiento más importante de toda mi vida. Porque descubrí que el gimnasio nunca fue solo el gimnasio. Fue el lugar donde aprendí que volver a casa nunca significó regresar. Volver a casa era convertirme en ese lugar seguro al que siempre quise volver.

Hoy puedo mirar hacia atrás y darme cuenta que este viaje hacia mi interior ya había comenzado mucho antes. Lo que no sabía era que, al poner atención en mi cuerpo, también estaba abriendo una puerta hacia mi alma. Mientras aprendía a cuidar de mis músculos, mi respiración y mi fuerza; sin darme cuenta también estaba aprendiendo a cuidar de mí.

Durante muchos años una gran parte de mi energía estuvo puesta en amar a los demás. Lo bonito del gimnasio ha sido descubrir que, sin proponérmelo, empecé a amarme con la misma profundidad; y ahí fue donde me empecé a ver por primera vez. Un día me encontré frente al espejo y entendí que ya no estaba ahí para buscar defectos ni para comprobar si había cambiado físicamente. Estaba ahí para verme de verdad.

Para sostener mi propia mirada. Para descubrir que había una mujer completa frente a mí. Y por primera vez, mirarla con la misma ternura con la que había mirado a las personas que amo; descubrir que la mujer que tenia frente a mí era maravillosa, única, puritita magia. Y en medio de esta mirada, sentí con una paz que nunca antes habían conocido, que estaba siendo profundamente amada por la persona que más importa en mi vida.

Yo.

Mientras escribía este ensayo entendí que, en realidad, nunca fue un texto sobre el gimnasio. Fue una carta de agradecimiento a la mujer en la que me he ido convirtiendo. Porque el gimnasio sí fue parte del camino. Pero la transformación no ocurrió entre las pesas. Ocurrió dentro de mí. Hoy se que el verdadero entrenamiento nunca consistió en levantar mi propio peso; consistió en aprender a sostener mi propia vida con amor.

Hoy puedo agradecer a todas las personas que, de una u otra manera, caminaron un tramo junto a mí. Pero también puedo reconocer algo que duramente mucho tiempo me costó muchísimo decir: nadie podía hacer este viaje por mí. Cada entrenamiento, cada promesa cumplida… la caminé yo. Y creo que ese ha sido uno de los regalos más grandes que me he hecho en esta vida. Descubrir que siempre fui capaz de sostenerme.

Los quiero.

Con cariño. SOF

Mi Alma está cambiando de casa

Tengo un par de días sintiéndome melancólica; llegué a dudar si estaba triste o por qué sentía lo que estaba sintiendo, pero no… tristeza no era, es pura melancolía. Son de esas veces que se te escapan, literal, un par de lagrimitas sin una razón clara. En donde todo está bien, pero el corazón anda más sensible de lo normal. Como buena amante de entenderlo todo, intenté descifrarlo con la mente: pensé en mi relación con Alan, si era por ver que mis hijos están creciendo, si era por mis amistades, los cambios internos que he vivido estos últimos años o qué pasaba. Mientras más me permití observar mis pensamientos, más confundida me sentía.

Me di cuenta de que extrañaba algunas cosas de otras etapas de mi vida. Empecé a comparar algunas de mis versiones: la novia, la bride to be, la recién casada, la mujer que no podía ser mamá, la mamá primeriza, la mujer-mamá-amiga… y en esta comparación aparecieron la envidia, los celos y algunos pensamientos bastante creativos de mi ego. Por fortuna me caché a tiempo. Me hablé bonito, respiré y me dije: “Nel, mi ego. Por ahí no nos vamos a ir”. Porque aunque esos pensamientos estaban presentes, algo dentro de mí sabía que no eran la respuesta. Eran solamente la puerta.

También pensé que tal vez era nostalgia por ver a mis pitucos crecer. Claro que existe cierta melancolía al ver cómo cambian, pero tampoco era por ahí. Porque lejos de sentir angustia, estoy disfrutando profundamente esta nueva etapa. Me emociona mucho todo lo que viene para ellos y para nosotros.

Y de repente tuve una revelación hermosa, me di cuenta de que todas estas emociones y pensamientos solo eran los mensajeros para poder entender qué está pasando internamente. No estaba llorando por lo que estaba perdiendo, estaba llorando por una nostalgia bonita de lo que estaba dejando atrás. Y no estoy hablando de personas, hablo de versiones de mí: la mujer que necesitaba sentirse elegida para sentirse segura, la que se comparaba para medir su valor, la que siempre intentaba entender a los demás antes de escucharse a sí misma, la que decía SÍ cuando en realidad quería decir NO, la que intentaba sostener todo, la que creía que sentir ciertas emociones la hacía menos amorosa, consciente o evolucionada…

Y aquí, en este “espiral” en el que me creía, entendí algo hermoso: no estoy teniendo una crisis, lo que estoy viviendo es una despedida… Por primera vez estoy consciente de que me estoy despidiendo de las versiones de mí que ya no caben en mi piel. Por primera vez no me estoy despidiendo de otras personas, sino de versiones mías. La piel que me habitaba ya no cabe en mí, en esta nueva versión de mí que estoy descubriendo y habitando; así como una serpiente, estoy mudando la piel. Lo más curioso es que duré un par de días creyendo que todo esto tenía que ver con otras personas. Con mi relación, con mis hijos, con ciertas comparaciones. Pero hoy veo que no se trataba de ellos; se trata completamente de MÍ. Me estoy despidiendo de mecanismos, de la necesidad de compararme para saber cuánto valgo, de la necesidad de sentirme elegida para sentirme suficiente, de la necesidad de cargar cosas que ya no me corresponden. Y esto cambia por completo la historia; porque no quiero regresar a ninguna de esas versiones, pero tampoco quiero olvidarlas. Quiero honrarlas, agradecerles y abrazarlas por última vez.

Todas hicieron exactamente lo que necesitaban hacer para protegerme, todas me trajeron hasta aquí. Y por eso entendí por qué estaba llorando. No por querer volver o porque algo estuviera roto, no porque estuviera perdiendo mi vida anterior. Por primera vez podía ver con claridad a todas las mujeres que me acompañaron durante el camino. Siento una enorme gratitud por cada una de ellas, por eso creo que la melancolía se siente tan distinta a la tristeza. La tristeza suele mirar hacia atrás y decir: “Ojalá volviera”; la melancolía, en cambio, mira hacia atrás y susurra suavemente: “Gracias por haber existido”.

Escribiendo toda esta hermosa revelación melancólica en mi vida estoy entendiendo algo más profundo. No es que esté perdida, lo que estoy experimentando es la sensación de encontrarme entre dos puertas, entre dos casas; mi ALMA está cambiando de casa.

Hay una versión de mí que ya no vive aquí, pero tampoco he terminado de instalarme por completo en la siguiente. Estoy desempacando: reacomodando creencias, probándome una nueva piel, aprendiendo a habitar a la mujer que me estoy convirtiendo. Me encuentro en un cuarto lleno de cajas: recuerdos que ya no sé dónde acomodar, creencias que ya no combinan con la nueva versión, hábitos que antes tenían sentido y ahora estorban un poco, ropa emocional que todavía me queda… pero ya no me representa. Estaba muy clavada en obtener respuestas a esto que sentía; y solamente necesitaba este tiempo para desempacar. Y quizá por eso llegaron las lagrimitas, no como una señal de alarma, sino como una reverencia; una forma amorosa de agradecer todo lo que fui mientras le doy la bienvenida a todo lo que estoy comenzando a ser.

Estoy en ese momento donde te das cuenta de que ya no eres quien eras… y por primera vez esto no me da miedo. Estoy viviendo un duelo interno de transformación, me estoy despidiendo de versiones mías y sé que ya llegó el momento de dejarlas ir, lo estoy eligiendo yo… un proceso llenito de amor pero, a su vez, doloroso. Y no desde el sufrimiento, sino desde despedir con lágrimas esas versiones mías que ya no quiero habitar más.

Me estoy reconociendo y hay una frase que me ha acompañado durante estos días: “Ya no soy esa”. Antes sentía que dejar atrás versiones que me ayudaron a crecer era como traicionarme a mí misma; hoy dejo atrás solamente esas versiones. Seguirán formando parte de mí, pero ya no son las que dirigen mi vida; ya no son mi hogar.

Hay etapas en las que el alma no necesita respuestas. Solo necesita tiempo para desempacar. Hoy mi alma está cambiando de casa y aunque todavía no conozco cada rincón de este nuevo hogar, algo dentro de mí sabe que voy en la dirección correcta. Siento mucha paz al reconocer que ya no soy quien era; porque la mujer que me espera al otro lado de esta mudanza también soy YO. Y quiero conocerla.

Con mucho cariño.

SOF en su nueva hermosa versión. Más libre, más en paz… MÁS ELLA.

La MENTE también miente

Sigo integrando mucho todo lo que me está regalando la meditación…

Últimamente este tema de no creer todo lo que piensas ha sido algo muy bonito que he platicado con varias personas. En estas pláticas —algunas más profundas y reflexivas, otras más ligeras pero aun así dejando destellos de información— me he dado cuenta de algo que quiero compartir con ustedes.

La meditación me ha hecho ver algo maravilloso: lo convincente que puede ser mi mente. Y no es porque piense muchísimo o viva sumergida en mis pensamientos (aunque en algunas etapas sí caí en cuenta de que vivía más en lo que pensaba que en lo que realmente era), lo que entendí es que para mí era muy fácil creerme todo lo que pienso.

Donde lo pude ver clarísimo fue la primera vez que practiqué Vipassana, cuando me enredé totalmente con mi pierna entumida (si no han leído ese capítulo, plis vayan a leer “Crónicas de un retiro de silencio”, se van a divertir conmigo jajajaja). Fue impresionante cómo, en cuestión de segundos, mi mente ya había creado toda una historia: algo estaba muy mal con mi pierna, se me iba a gangrenar, me la iban a tener que amputar si me aferraba a seguir meditando.

Pero lo fuerte no fue el pensamiento… fue que en verdad me lo creí.

No lo cuestioné, no lo observé, ni siquiera dudé que fuera cierto. Me lo creí tanto que lo sentí completamente real.

Cuando escribí sobre esa historia entendí algo que de verdad me sacudió y que hoy se ha vuelto una de las herramientas más poderosas que tengo: mi mente no solo piensa, mi mente también construye realidades.

Y lo más fuerte es esto: muchas de esas “realidades” ni siquiera son reales. Me voy a atrever a decir que la mayoría de las veces no lo son.

Mi mente me miente… y yo me la creo.

Meditar hace muy evidente esta verdad, porque no hay distracciones, no hay ruido, no hay nada que me saque de lo que está pasando dentro de mí. Y así empecé a observar cómo funciona mi mente.

Aparece un pensamiento y en cuestión de segundos ya hay una historia. De esa historia (que solo existe en mi mente) nace una emoción; esa emoción trae una interpretación, y esa interpretación empieza a generar sensaciones en mi cuerpo. Así, sin darme cuenta, se construye toda una realidad interna.

Así funciona la mente —o bueno, mi mente— todo el tiempo.

Pero aquí viene lo más bonito: ahora sé que no todo lo que pienso es verdad.

Muchos pensamientos vienen del miedo, otros ya son costumbre y otros de historias viejas. Y yo… los trataba a todos como si fueran reales. Cuando medito pasa algo distinto. En lugar de creerme todo lo que pienso, lo observo. Y eso cambia todo. Porque cuando dejas de creerte el pensamiento, pasa algo muy poderoso: pierde fuerza. No desaparece, pero deja de dominarte.

Y ahí entendí algo súper importante: no soy lo que pienso, soy quien observa lo que se piensa.

Y eso, ¿qué creen que te da? Libertad.

Porque ya no tengo que reaccionar a todo lo que pasa en mi mente. Puedo elegir: no engancharme, no creerme la historia o la telenovela 😅, regresar al presente.

Tal vez eso es meditar también: no dejar de pensar, sino dejar de creer todo lo que pienso.

Con mucho cariño,
Sof ✨

Cómo correr se volvió parte de mi

Si me hubieran dicho hace unos años que iba a correr por gusto… no lo hubiera creído. Hoy no solo corro, me encontré ahí.
Si me hubieran dicho hace unos años que iba a correr por gusto… no lo hubiera creído.Y no porque no pudiera… sino porque estaba convencida que no era lo mío.

Nunca pensé que iba a ser “esa persona” que corre… y mucho menos que lo iba a disfrutar.

Si bien recuerdo, el primer día que corrí en serio fue en el club. Tenía una meta de 3 km… y se sintieron pesadísimos. No tenía idea de cómo correr, ni ritmo, ni técnica… nada. Y además, traía una historia muy clara conmigo: yo no era buena para correr.

Desde la prepa lo había intentado y mis rodillas no me dejaron, así que crecí con esa narrativa de que en algún punto mi cuerpo simplemente no iba a poder. Y aunque esa historia estaba muy instalada en mí… algo me hizo empezar.

No fue por amor al running. Fue por un reto con mis amigas en el Apple Watch de cerrar los círculos todos los días. Entonces correr se volvió solo una forma de completar mi meta calórica. Nada más.

Y sí… al principio me daba muchísima flojera.

Pero aún así, lo seguí haciendo.

Hasta que algo cambió.

El año pasado, Alan me dijo:

“¿Y si corremos un medio maratón?”

Y no sé bien por qué… pero dije que sí.

Ahí empezó un entrenamiento más formal, más enfocado… y fue en ese proceso donde me sorprendí a mí misma pensando: ok… esto sí me esta gustando. Lo empecé a disfrutar cañón.

Además, también lo integre a mi viajes…

Un día Alan me dijo: “correr lo puedes hacer donde sea”… y literal, se me abrió otro mundo. Empecé a correr en lugares nuevos, con otros paisajes, otras energías. Uno de los que más tengo grabado fue en Coimbra, Portugal. Corrí junto a un río, en una ciudad universitaria, y me sentí joven, libre y poderosa. Solo corrí… y gocé.

La mayoría de las veces corro sola.

Y eso, sin darme cuenta, se volvió una de las enseñanzas más grandes que me ha dado correr: aprender a estar conmigo, a hacer algo para mí y por mí.

Ha sido un camino solitario… pero nunca me he sentido mejor.

Claro que hay momentos duros.

Como en HYROX, cuando intenté correr después de hacer la estación de los burpees y sentí que no tenía aire… nada. Iba a paso tortuga, literal me sentía como una viejita de 80 años.

Pero nunca dejé de correr.

Y ahí entendí algo importante: cuando siento que ya no puedo, me hablo bonito. Me digo: claro que puedes Sof, tu cuerpo es fuerte… la mente solo hay que aprender a ignorarla.

Y luego están esos momentos que se quedan contigo.

Como ese día en Los Colomos.

Iba a correr 12 km, era la primera vez ahí. Según yo iba a hacer 12km, pero mi reloj estaba en millas y yo no tenía idea de eso. Solo me dejé llevar. Y me enfoqué en llegar a 10 “km” que al final resultaron fueron millas…

Seguí, avancé, confié en mi cuerpo.

Y cuando terminé y vi que había corrido 16 km… lloré. Lloré yo solita como una niña quien logró ganar un premio o algo así, fue demasiada la felicidad que sentí. Me sentí invencible.

Ahí algo en mí hizo click.

Correr me ha enseñado muchísimo.

Que el cuerpo es muy fuerte, mucho más de lo que creemos. Que si lo cuidas y lo escuchas, puedes lograr cosas increíbles. Y que la mente puede ser tu mejor aliada… o la que te limita.

Hoy corro porque quiero.

Porque me hace feliz, me da paz y me conecta conmigo. Porque me gusta la disciplina que implica… y porque quiero seguir descubriendo hasta dónde puedo llegar.

La música es clave para mí. Mis playlists, las canciones, lo que me hacen sentir… todo eso me impulsa.

Y cuando termino… siento felicidad, calma… y un orgullo personal muy bonito. De esos que no necesitan explicarse.

Correr no solo fortaleció mi cuerpo. Me enseñó a creer en mí.

Y cuando eso pasa… ya no hay forma de volver a la versión de antes.

Así es mi corta historia: Correr llegó a mi vida sin avisar… y terminó enseñándome más de mí de lo que imaginé.

Sof

El Cuerpo también MEDITA

Porque antes de entenderlo… ya lo estaba sintiendo

Hoy quiero platicarles un poco más de lo que ha sido integrar la meditación a mi vida…

Tampoco crean que ya me volví toda elevada, yogi-budista que medita todos los días. No, la verdad es que lo hago de vez en cuando (aunque sí trato de hacerlo más seguido). Me gusta sobre todo ir a este estado de presencia cuando ando con pensamientos intrusivos o cuando quiero aterrizar algún tema que me está causando ruido.

Para mí se ha vuelto como un espacio donde puedo ver todo desde un punto más neutral… pero sobre todo, donde puedo darme cuenta de cómo lo estoy vibrando y sintiendo desde mi cuerpo, no solo desde lo que me dice mi mente.

Al principio yo pensaba que meditar era algo de la mente. Respirar, enfocarme y dejar de pensar. Pero conforme empecé a practicar más, me di cuenta de algo muy claro: el cuerpo llega primero.

Cuando me siento a meditar, todo empieza igual. Las piernas incómodas, la espalda pidiendo moverse, de pronto siento calor o frío, el pulso, la piel… literalmente mi cuerpo está sintiendo todo. Y lo más curioso es que lo primero que quiero hacer es callar todo eso, como si estorbara.

Pero ahí fue donde entendí algo importante: el cuerpo no se puede callar. El cuerpo habla todo el tiempo, aunque no quiera escucharlo. Y antes de entender lo que estaba pasando, ya lo estaba sintiendo.

De pronto empieza a pasar algo diferente. Aparece una quietud muy sutil, como una expansión rara, algo que no tiene nombre. Y cuando logro quedarme en la respiración y dejo de luchar con querer controlar todo lo que estoy sintiendo, llega una calma muy bonita. No sé cómo explicarla, solo sé que la siento… y que se siente como paz.

Y luego vienen las emociones.

En silencio, las emociones se sienten distinto. Sin distracciones, no hay a dónde ir. No llegan de golpe, más bien se van filtrando poco a poco… como la serpiente.

Primero aparece una sensación, luego una incomodidad, y después algo más profundo. No siempre sé qué es, pero sí sé que está ahí. Y en ese silencio, por primera vez, no hice nada para cambiarlo. No traté de respirar “mejor”, no intenté entenderlo, no me distraje… solo me quedé.

Y fue ahí donde algo empezó a moverse, pero no afuera, adentro.

Sentí cómo mi cuerpo se aflojaba, cómo la emoción respiraba, y cómo yo dejaba de intervenir. Y ahí entendí algo muy bello: el cuerpo no necesita que lo controles, necesita que lo escuches. Las emociones no vienen a incomodar, vienen a mostrarse.

El silencio no las crea… las revela.

Y cuando dejas de huir, algo cambia.

Las emociones no desaparecen, pero se acomodan. Como si algo dentro de ti dijera: ya puedes ver.

Y creo que ahí entendí algo que me cambió la forma de ver la meditación.

No es vaciarme de todo…
es habitarme.

Con cariño, Sof.

LA VISITA

En el primer día de silencio pensé en ella.

La serpiente.

Como un recuerdo suave deslizándose por la mente.

“No vengas a asustar a nadie”, le pedi en secreto, como quien le habla a un espíritu antiguo.

El ashram respiraba lento. Madera, viento, hojas, arena, pasos descalzos.

Y al día siguiente, ahi estaba.

Enrollada en la viga principal de la cocina como un mantra vivo. Quieta, perfecta, presente.

Nadie podia hablar.

Pero todo el cuerpo del grupo hablaba. Ojos abiertos. Sonrisas contenidas. Dedos señalando mi tatuaje.

Silencio lleno de significado.

Yo no sentí miedo.

Sentí reconocimiento.

Como si algo muy viejo me dijera: “estás en casa”.

A veces levantaba la cabeza y nuestras miradas se cruzaban.

Dos animales observándose. Dos formas de conciencia respirando juntas.

Ella inmóvil. Yo aprendiendo a estarlo.

La serpiente no vino a interrumpir el retiro.

Vino a recordarme que la naturaleza también medita, que mudamos piel, que todo cambia, que todo se desliza, que nada se queda.

Y que a veces la vida te manda señales suaves, escamosas, perfectamente silenciosas.

La que mudo mi silencio

Mi guía espiritual!

En el retiro no solo mudé pensamientos.
Mudé piel.

Aunque no me di cuenta… hasta que ella apareció.

Desde la primera meditación hubo algo extraño. Mientras intentaba concentrarme en la respiración y sobrevivir al entumecimiento dramático de mi pierna, apareció un pensamiento muy claro:

“¿Y si viene una serpiente?”

La pude visualizar entrando lentamente al lugar donde estábamos meditando, pasando por encima de mis piernas. Yo sabía que era solo una historia en mi mente… pero fue muy vívida.

No fue miedo.
Fue presencia.

El pensamiento volvió a aparecer una segunda vez. Y recuerdo que, en silencio, le hablé:

Si vas a manifestarte, hazlo bonito.
Sin asustar.
Aquí hay humanos nerviosos.

Y lo solté.

Al segundo día, ahí estaba.

Enrollada en una de las vigas del comedor, donde nos reuníamos a comer en silencio, donde integrábamos pensamientos y dolores. Era color cafecito, no muy grande. Perfectamente tranquila, sin ganas de asustar a ningún humano.

Parecía que ella también estaba en el retiro.

Era un retiro de silencio.
Nadie podía hablar.
Pero pocas veces he sentido un silencio tan lleno de cosas no dichas.

Las miradas iban y venían.
Los cuerpos tensos.
El respeto.
El asombro.

Y entonces algunos compañeros comenzaron a mirarme… y a señalar mi tatuaje.

La serpiente.

Fue imposible no sentir que había una conexión.

No sé qué tipo era.
No sé si los demás sintieron lo mismo que yo.
Pero sí sé lo que sentí cuando nuestras miradas se cruzaron varias veces durante el día:

Acompañamiento.

En lo profundo de mi ser sentí que estaba ahí.
Por mí.
Y para mí.

No llegó con caos.
No atacó.
No huyó.

Solo estuvo, en silencio, acompañándonos.

Entonces algo dentro de mí entendió.

La serpiente como maestra

Las serpientes no mudan por estética.
Mudan porque crecer duele en la piel vieja.

Primero se aprietan.
Se rozan contra la tierra.
Se incomodan.
Y solo entonces… sueltan.

En esos días yo estaba exactamente ahí.

Dolor físico.
Ego inflamado.
Historias mentales.
Silencio que raspa.

Algo en mí estaba apretado.
Algo pedía desprenderse.

Y entonces ella apareció.

Como un recordatorio viviente de lo que estaba ocurriendo por dentro.

La muda no es elegante mientras sucede.
Es vulnerable.
Es torpe.
Es incómoda.

Pero es necesaria.

Después de verla, algo cambió.

No fue espectacular.
No fue una iluminación con luces doradas.

Fue más sutil.

Fue una certeza tranquila.

La certeza de que el silencio no es vacío.
Es fértil.

Que cuando te callas lo suficiente, empiezas a escuchar símbolos.
Presencias.
Mensajes que no pasan por la mente… pasan por el cuerpo.

No sé si ella estaba ahí “por mí”.
Pero sí sé que yo estaba lista para verla.

Y a veces eso es lo único que importa.

Tal vez no mudé completamente.
Pero sí me aflojé.
Sí me suavicé.
Sí dejé caer una capa.

Yo pedí una señal.
Y llegó enrollada en una viga.

El retiro terminó.
Y, en silencio, algo en mí sigue mudando.

Con amor,
Sof

RE-LA-JA-DA (crónicas de un retiro de silencio)

“La bendita Impermanencia”

Ya ando de nuevo por acá, inspirada en escribir y, sobre todo, en compartir con ustedes uno de los retiros más bonitos y de muchísimo aprendizaje que he experimentado en esta vida.

Me fui a Oaxaca a un retiro de silencio de 5 días y, honestamente, tenía la creencia de que regresaría “iluminada”, toda elevada… pero pues ¿qué creen? jajajaja. La realidad fue otra: regresé con dolor de rodillas, dolor de espalda, arena en el pelo y en todo el cuerpo, y con mucha información bonita que le está dando una paz a mi mente y corazón que no sé si sea posible describir aquí con palabras… pero lo intentaré.

Creo que este tipo de retiros son muy bonitos (cuando uno se siente en la búsqueda de vivir experiencias que te reten a conocerte más), porque son pura práctica de cosas que posiblemente ya sabes o has leído, pero si no se practican, no se entienden. Hasta que no lo experimentas es cuando realmente comprendes. O bueno, en mi caso así es mi manera de aprender y entender la vida.

Primero quiero platicarles un poquito de lo que aprendí y darles una explicación teórica para que entiendan mejor el relato. La base principal de este retiro (además de no hablar NADA por 4 días) fue aprender Vipassana.

Yo sé, suena muy místico o muy yogui, budista o “¿qué cosas locas anda aprendiendo la Sof?”. Pero no. En realidad es algo muy básico y brutal al mismo tiempo: sentarte… y observar.

Observar la respiración.
Observar el dolor.
Observar la mente haciendo novelas catastróficas.

Con esta pequeña intro quiero empezar a contarles algunos acontecimientos que, sin saberlo en ese momento, fueron de lo más revelador y hermoso que viví. Espero que lo gocen, se rían y que logre captar su atención en lo que aprendí después de mucha, mucha práctica.

Primera enseñanza: LA PRIMERA MEDITACIÓN

Aquí empezó el retiro. A partir de ese momento estaría en silencio por 4 días completos. Claro que mi mente aún tenía mil dudas, incertidumbre y un poco de miedo de no saber qué iba a pasar en esos días.

Eduardo, nuestro guía de meditación, nos explicó brevemente que íbamos a meditar una hora, que buscáramos una posición “cómoda” y que era momento de cerrar los ojos y concentrarnos en la respiración.

Ahí voy yo, muy en mi papel de: “me la va a pelar esta meditación”.

Honestamente no sé si pasó 1 minuto, 10 o 15… cuando una de mis piernas empezó a entumirse. Pero no poquito. Horrible.

Y ahí empezó el caos mental (del cual no me di cuenta en ese momento, ya verán por qué).

Estaba tan preocupada porque se me estaba entumiendo la pierna que comencé a tener pensamientos muy locos. Me dije varias veces:

“Sof, si te montas en tu macho de ‘yo vine aquí a meditar como Buddha y no me voy a mover en 60 minutos para NADA’, lo más seguro es que esa pierna se te va a morir”.

Sí. Así como lo leen. Me la creí.

Pensé que había una alta probabilidad de que se me cortara la circulación y que, cuando abriera los ojos al final de la hora, mi pierna estaría morada y me la tendrían que amputar.

“ALERTA AMPUTACIÓN INMINENTE”.

Literal mi mente estaba con ese letrero gigante.

No sé cuánto tiempo duré en esa guerra mental, pero mientras más me cuestionaba si movía la pierna y la “salvaba” o si me aferraba a no moverme, más se entumía. Más y más.

¿Y qué creen que pasó?

Me creí la historia.

Cuando en realidad… solo estaba híper mega dormida la pierna. Punto.

Y lo más fuerte es que no me di cuenta de esta primera gran enseñanza hasta ahora que decidí escribirlo. Justo aquí, redactando, han ido llegando las revelaciones de lo increíble que fueron esos días.

La gran enseñanza fue esta:

Mucho del sufrimiento no es lo que pasa…
es la historia que contamos sobre lo que pasa.

Y si reflexionamos un poquito, así vivimos gran parte de nuestra vida: creyendo las historias locas de nuestra cabeza sin cuestionarlas. Solo porque están en nuestra mente, asumimos que son verdad.

Ahí es cuando dejamos de vivir el presente.
Vivimos en una historia que no es real.

Yo estaba tan enfocada en lo que podría pasarle a mi pierna en el futuro, que dejé de estar presente en ese momento. Incluso olvidé lo que realmente estaba practicando: escuchar y sentir mi respiración.

El dolor como maestro

Los días siguieron pasando y yo seguí muy metida en hacer de mi práctica algo bonito, en lograr esa paz mental.

En el tercer día, observando las posturas de los demás, por fin encontré la posición en la que “aguantaba” más el dolor corporal y donde cada vez era un poco más “cómodo” estar re-la-ja-da sin moverme.

Honestamente, en todas las meditaciones me dolió TODO.

Las rodillas gritaban auxilio.
La espalda estaba en huelga por estar tan derechita.
El cuello poseído de dolor.
Los empeines… la cereza del pastel.

Y con todo ese dolor entendí algo muy profundo.

Fue como si mi cuerpo me dijera:

“¿Ahora sí me vas a escuchar? PUES TOMA TODAS LAS SENSACIONES JUNTAS.”

En Vipassana el dolor no es el enemigo.
Es el maestro.

Porque viene a enseñarte:

– Impermanencia (sube, baja, cambia).
– Reacción automática (huir).
– Historias mentales dramáticas.

Lo máximo que logré meditar sin moverme fueron 45 minutos. Fue el tercer día, en la primera meditación de la mañana.

Recuerdo que desperté con mucha emoción de ir a meditar. Creo que mi cuerpo y mi mente estaban listos para vivir esa experiencia sin colapsar mentalmente.

Desde que inició fue algo así como:

“Ok, dolor. Estás ahí… te veo… no te peleo.”

Y ahí pasó algo mágico:

El dolor dejó de ser sufrimiento y se volvió solo una sensación.

Iba y venía.
Subía y bajaba.
Sin historia catastrófica.

Me enseñó a estar en total presencia, sintiendo todo lo que pasaba afuera y adentro… sin sufrimiento.

Segunda enseñanza: LA REVOLCADA DE LA OLA DEL MAR

Luego el universo decidió reforzar la lección y mientras estaba muy feliz disfrutando mi tiempo libre en el mar, llega tremenda OLA y tremenda revolcada que me dio.

Mientras daba vueltas abajo del agua pensé:
“ok… esto también va a pasar”.

Y me relajé.

La bendita impermanencia.

Salí toda digna, modo guerrera zen…
hasta que en la regadera cayó medio kilo de arena de mi cabeza.

Ahí me dio un ataque de risa.

Porque tal vez la iluminación no es volverte perfecta.

Tal vez es esto:

reírte de tu drama,
observar tu mente sin creértela toda,
aceptar las olas cuando llegan,
y seguir lavándote el pelo con shampoo dos veces.

Tal vez iluminarse no es elevarse del suelo,
sino aprender a estar en él.
Con dolor en las rodillas,
con arena en el cabello,
con pensamientos locos que anuncian “amputación inminente”.

Y aun así… estar en paz.

Hoy, si tuviera que resumir el retiro en una palabra, sería:

re-la-ja-da.

No porque la vida ya no duela.
No porque ya no haya olas.
No porque mi mente haya dejado de inventar historias.

Sino porque ahora sé observarlas.

Sin prisa.
Sin pausa.
Solo presente.

Y mientras aprendía a observar el dolor y las olas…
algo antiguo, silencioso y escamoso también decidió aparecer.

Pero esa visita merece contarse aparte.

Gracias por leerme, espero gocen de esta historia tanto como yo goce vivirla.

Con cariño re-la-ja-do

SOF

Crecimiento a nivel espiritual

“Ligera, consciente, enamorada”

A lo largo de mi vida he descubierto que la parte espiritual que habita en mi siempre ha encontrado un gran refugio en la naturaleza. El crecimiento espiritual, o a lo que mejor llamaré la re-conexión espiritual no sucede de un día para otro. Es un viaje silencioso, un poco invisible, pero profundamente TRANSFORMADOR. Comienza cuando surge una inquietud: una sensación profunda de que en esta vida hay algo más, algo más profundo que lo cotidiano, algo mas verdadero que las apariencias, mas duradero que todo el ruido del mundo.

Mi camino no ha sido de manera lineal. Creo profundamente que cualquier camino de transformación esta acompañado de subir y bajar constantemente en una montaña rusa de mil emociones y cuestionamientos. Este viaje para mi ha estado lleno de preguntas sin respuestas inmediatas, de muchas pausas necesarias, de caídas que me han enseñado más que los logros conquistados. He tenido que soltar muchas creencias heredadas, patrones que ya no me servían y relaciones que ya no estábamos vibrando en la misma frecuencia. Aprendí a mirar hacia adentro con mucha honestidad; aprendí a habitar mi sombra con mucho, mucho amor; a escuchar la voz dulce y suave de mi intuición… aprendí a confiar en algo mucho mas grande que yo, incluso aun sin poder verlo solo lo siento.

A lo largo de mi recorrido he descubierto que crecer espiritualmente no significa “elevarse” o “alejarse” de lo humano, sino de todo lo contrario: significa enraizarse, habitar el PRESENTE, conectar con la vida desde el ALMA. He aprendido a agradecer, no solo todo lo bello, si no también todo lo difícil; a ver lo divino en lo cotidiano, lo sagrado en lo simple.

El crecimiento espiritual no me ha hecho perfecta (ni es lo que busca mi ser) me ha hecho mas consciente. No soy inmune al dolor humano, lo que si es que soy mas abierta a ver todo con amor y conectar desde y para el amor. Y se que el camino continuara, que esto no terminara ya, es más creo fielmente que el seguir en este viaje de crecimiento espiritual será partiré de toda mi vida humana; por lo que celebro cada paso andado, cada despertar, cada momento en que me elijo con compasión y elijo vivir desde la verdad del corazón.

Gracias por leerme y acompañarme con estas palabras que con mucho amor escribo. Deseo de todo corazón que cada quien encuentre su propio ritmo, su propio cielo, su propia danza amorosa con la vida. Que este viaje espiritual no termine y que solo les llene su corazón de gran amor por ustedes y la vida tan linda que tienen delante de ustedes. A vivir en presencia amando y gozando todo lo lindo que tiene este mundo para ofrecernos.

Con mucho cariño;

SOF la cometa enamorada de la vida misma