
Tengo un par de días sintiéndome melancólica; llegué a dudar si estaba triste o por qué sentía lo que estaba sintiendo, pero no… tristeza no era, es pura melancolía. Son de esas veces que se te escapan, literal, un par de lagrimitas sin una razón clara. En donde todo está bien, pero el corazón anda más sensible de lo normal. Como buena amante de entenderlo todo, intenté descifrarlo con la mente: pensé en mi relación con Alan, si era por ver que mis hijos están creciendo, si era por mis amistades, los cambios internos que he vivido estos últimos años o qué pasaba. Mientras más me permití observar mis pensamientos, más confundida me sentía.
Me di cuenta de que extrañaba algunas cosas de otras etapas de mi vida. Empecé a comparar algunas de mis versiones: la novia, la bride to be, la recién casada, la mujer que no podía ser mamá, la mamá primeriza, la mujer-mamá-amiga… y en esta comparación aparecieron la envidia, los celos y algunos pensamientos bastante creativos de mi ego. Por fortuna me caché a tiempo. Me hablé bonito, respiré y me dije: “Nel, mi ego. Por ahí no nos vamos a ir”. Porque aunque esos pensamientos estaban presentes, algo dentro de mí sabía que no eran la respuesta. Eran solamente la puerta.
También pensé que tal vez era nostalgia por ver a mis pitucos crecer. Claro que existe cierta melancolía al ver cómo cambian, pero tampoco era por ahí. Porque lejos de sentir angustia, estoy disfrutando profundamente esta nueva etapa. Me emociona mucho todo lo que viene para ellos y para nosotros.
Y de repente tuve una revelación hermosa, me di cuenta de que todas estas emociones y pensamientos solo eran los mensajeros para poder entender qué está pasando internamente. No estaba llorando por lo que estaba perdiendo, estaba llorando por una nostalgia bonita de lo que estaba dejando atrás. Y no estoy hablando de personas, hablo de versiones de mí: la mujer que necesitaba sentirse elegida para sentirse segura, la que se comparaba para medir su valor, la que siempre intentaba entender a los demás antes de escucharse a sí misma, la que decía SÍ cuando en realidad quería decir NO, la que intentaba sostener todo, la que creía que sentir ciertas emociones la hacía menos amorosa, consciente o evolucionada…
Y aquí, en este “espiral” en el que me creía, entendí algo hermoso: no estoy teniendo una crisis, lo que estoy viviendo es una despedida… Por primera vez estoy consciente de que me estoy despidiendo de las versiones de mí que ya no caben en mi piel. Por primera vez no me estoy despidiendo de otras personas, sino de versiones mías. La piel que me habitaba ya no cabe en mí, en esta nueva versión de mí que estoy descubriendo y habitando; así como una serpiente, estoy mudando la piel. Lo más curioso es que duré un par de días creyendo que todo esto tenía que ver con otras personas. Con mi relación, con mis hijos, con ciertas comparaciones. Pero hoy veo que no se trataba de ellos; se trata completamente de MÍ. Me estoy despidiendo de mecanismos, de la necesidad de compararme para saber cuánto valgo, de la necesidad de sentirme elegida para sentirme suficiente, de la necesidad de cargar cosas que ya no me corresponden. Y esto cambia por completo la historia; porque no quiero regresar a ninguna de esas versiones, pero tampoco quiero olvidarlas. Quiero honrarlas, agradecerles y abrazarlas por última vez.
Todas hicieron exactamente lo que necesitaban hacer para protegerme, todas me trajeron hasta aquí. Y por eso entendí por qué estaba llorando. No por querer volver o porque algo estuviera roto, no porque estuviera perdiendo mi vida anterior. Por primera vez podía ver con claridad a todas las mujeres que me acompañaron durante el camino. Siento una enorme gratitud por cada una de ellas, por eso creo que la melancolía se siente tan distinta a la tristeza. La tristeza suele mirar hacia atrás y decir: “Ojalá volviera”; la melancolía, en cambio, mira hacia atrás y susurra suavemente: “Gracias por haber existido”.
Escribiendo toda esta hermosa revelación melancólica en mi vida estoy entendiendo algo más profundo. No es que esté perdida, lo que estoy experimentando es la sensación de encontrarme entre dos puertas, entre dos casas; mi ALMA está cambiando de casa.
Hay una versión de mí que ya no vive aquí, pero tampoco he terminado de instalarme por completo en la siguiente. Estoy desempacando: reacomodando creencias, probándome una nueva piel, aprendiendo a habitar a la mujer que me estoy convirtiendo. Me encuentro en un cuarto lleno de cajas: recuerdos que ya no sé dónde acomodar, creencias que ya no combinan con la nueva versión, hábitos que antes tenían sentido y ahora estorban un poco, ropa emocional que todavía me queda… pero ya no me representa. Estaba muy clavada en obtener respuestas a esto que sentía; y solamente necesitaba este tiempo para desempacar. Y quizá por eso llegaron las lagrimitas, no como una señal de alarma, sino como una reverencia; una forma amorosa de agradecer todo lo que fui mientras le doy la bienvenida a todo lo que estoy comenzando a ser.
Estoy en ese momento donde te das cuenta de que ya no eres quien eras… y por primera vez esto no me da miedo. Estoy viviendo un duelo interno de transformación, me estoy despidiendo de versiones mías y sé que ya llegó el momento de dejarlas ir, lo estoy eligiendo yo… un proceso llenito de amor pero, a su vez, doloroso. Y no desde el sufrimiento, sino desde despedir con lágrimas esas versiones mías que ya no quiero habitar más.
Me estoy reconociendo y hay una frase que me ha acompañado durante estos días: “Ya no soy esa”. Antes sentía que dejar atrás versiones que me ayudaron a crecer era como traicionarme a mí misma; hoy dejo atrás solamente esas versiones. Seguirán formando parte de mí, pero ya no son las que dirigen mi vida; ya no son mi hogar.
Hay etapas en las que el alma no necesita respuestas. Solo necesita tiempo para desempacar. Hoy mi alma está cambiando de casa y aunque todavía no conozco cada rincón de este nuevo hogar, algo dentro de mí sabe que voy en la dirección correcta. Siento mucha paz al reconocer que ya no soy quien era; porque la mujer que me espera al otro lado de esta mudanza también soy YO. Y quiero conocerla.
Con mucho cariño.
SOF en su nueva hermosa versión. Más libre, más en paz… MÁS ELLA.