Cómo correr se volvió parte de mi

Si me hubieran dicho hace unos años que iba a correr por gusto… no lo hubiera creído. Hoy no solo corro, me encontré ahí.
Si me hubieran dicho hace unos años que iba a correr por gusto… no lo hubiera creído.Y no porque no pudiera… sino porque estaba convencida que no era lo mío.

Nunca pensé que iba a ser “esa persona” que corre… y mucho menos que lo iba a disfrutar.

Si bien recuerdo, el primer día que corrí en serio fue en el club. Tenía una meta de 3 km… y se sintieron pesadísimos. No tenía idea de cómo correr, ni ritmo, ni técnica… nada. Y además, traía una historia muy clara conmigo: yo no era buena para correr.

Desde la prepa lo había intentado y mis rodillas no me dejaron, así que crecí con esa narrativa de que en algún punto mi cuerpo simplemente no iba a poder. Y aunque esa historia estaba muy instalada en mí… algo me hizo empezar.

No fue por amor al running. Fue por un reto con mis amigas en el Apple Watch de cerrar los círculos todos los días. Entonces correr se volvió solo una forma de completar mi meta calórica. Nada más.

Y sí… al principio me daba muchísima flojera.

Pero aún así, lo seguí haciendo.

Hasta que algo cambió.

El año pasado, Alan me dijo:

“¿Y si corremos un medio maratón?”

Y no sé bien por qué… pero dije que sí.

Ahí empezó un entrenamiento más formal, más enfocado… y fue en ese proceso donde me sorprendí a mí misma pensando: ok… esto sí me esta gustando. Lo empecé a disfrutar cañón.

Además, también lo integre a mi viajes…

Un día Alan me dijo: “correr lo puedes hacer donde sea”… y literal, se me abrió otro mundo. Empecé a correr en lugares nuevos, con otros paisajes, otras energías. Uno de los que más tengo grabado fue en Coimbra, Portugal. Corrí junto a un río, en una ciudad universitaria, y me sentí joven, libre y poderosa. Solo corrí… y gocé.

La mayoría de las veces corro sola.

Y eso, sin darme cuenta, se volvió una de las enseñanzas más grandes que me ha dado correr: aprender a estar conmigo, a hacer algo para mí y por mí.

Ha sido un camino solitario… pero nunca me he sentido mejor.

Claro que hay momentos duros.

Como en HYROX, cuando intenté correr después de hacer la estación de los burpees y sentí que no tenía aire… nada. Iba a paso tortuga, literal me sentía como una viejita de 80 años.

Pero nunca dejé de correr.

Y ahí entendí algo importante: cuando siento que ya no puedo, me hablo bonito. Me digo: claro que puedes Sof, tu cuerpo es fuerte… la mente solo hay que aprender a ignorarla.

Y luego están esos momentos que se quedan contigo.

Como ese día en Los Colomos.

Iba a correr 12 km, era la primera vez ahí. Según yo iba a hacer 12km, pero mi reloj estaba en millas y yo no tenía idea de eso. Solo me dejé llevar. Y me enfoqué en llegar a 10 “km” que al final resultaron fueron millas…

Seguí, avancé, confié en mi cuerpo.

Y cuando terminé y vi que había corrido 16 km… lloré. Lloré yo solita como una niña quien logró ganar un premio o algo así, fue demasiada la felicidad que sentí. Me sentí invencible.

Ahí algo en mí hizo click.

Correr me ha enseñado muchísimo.

Que el cuerpo es muy fuerte, mucho más de lo que creemos. Que si lo cuidas y lo escuchas, puedes lograr cosas increíbles. Y que la mente puede ser tu mejor aliada… o la que te limita.

Hoy corro porque quiero.

Porque me hace feliz, me da paz y me conecta conmigo. Porque me gusta la disciplina que implica… y porque quiero seguir descubriendo hasta dónde puedo llegar.

La música es clave para mí. Mis playlists, las canciones, lo que me hacen sentir… todo eso me impulsa.

Y cuando termino… siento felicidad, calma… y un orgullo personal muy bonito. De esos que no necesitan explicarse.

Correr no solo fortaleció mi cuerpo. Me enseñó a creer en mí.

Y cuando eso pasa… ya no hay forma de volver a la versión de antes.

Así es mi corta historia: Correr llegó a mi vida sin avisar… y terminó enseñándome más de mí de lo que imaginé.

Sof

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