
Esto de ir profundo y conocerte más me ha dado grandes regalos, y uno de ellos es descubrir que parte de esos patrones locos que no me dejaban ver lo que ES… era que me la pasaba en constante discusión con mis pensamientos. Quería “resolver” cada uno de ellos y, por más loco que fuera, me la creía. Abría un mega expediente con 5, 6, hasta 10 carpetas para lograr tener respuestas a eso que yo pensaba o creía que estaba pasando.
Pensaba que si “resolvía el acertijo de mi mente” estaría en paz. ¿Y qué creen? Jajajaja. CERO que tenía paz. Tenía treinta mil historias de un solito pensamiento y ahora había que resolverlas todas para descifrar cuál era la verdad. Pero lo más loco de todo esto es que muchas veces ni siquiera el pensamiento era REAL, era solo un fucking pensamiento y yo empeñada en encontrarle respuestas.
Debo reconocer que muchos de estos pensamientos venían acompañados de MIEDO, y entonces mi misión se volvía convencerme —inconscientemente— de que no había peligro. Conforme fui entrando más en estas deliciosas pausas de las que les he hablado últimamente, y aprendiendo a estar realmente en ellas con mucha más consciencia, empecé sobre todo a cuestionar el pensamiento y poco a poco fui viviendo desde una verdad muy simple: un pensamiento no necesita una respuesta.
A veces puede solo aparecer, tú simplemente lo ves y lo dejas ir. Algo así como escuchar esa voz interior que te dice: “Ah, ya conozco este camino”, y tú seguir caminando por tu presente. Sin abrir la carpeta. Sin iniciar la investigación. Sin tener que resolver nada.
Cuando empecé a integrar todo esto a mi día a día, mi primer camino conocido fue: querido universo, YA QUE SE CALLEN LOS PENSAMIENTOS jajajajaja. ¿Cómo los suprimo? ¿Cómo se apaga la mente? (Lo he logrado solo cuando boxeo, pero ni tan así de apagarla por completo jajajajaja).
Al inicio incluso me regañaba a mí misma por sentir miedo. Entré en un punto de “exigirme” superar ciertas cosas y creía que para vivir en paz ya no debía pensar ni sentir nada que me incomodara. Como si la paz significara no volver a sentir miedo, o como si estar bien quisiera decir que ciertos pensamientos ya no podían aparecer.
Y creo que ahí fue donde entendí que todavía estaba peleando conmigo, solo que ahora de una manera diferente.
Durante mucho tiempo pensé que estar bien significaba dejar de sentir miedo. Hasta que leí en un libro una idea que me cambió muchísimo la perspectiva: si el amor es lo que somos, necesitamos conocer su opuesto para poder experimentarlo. Y ese opuesto es el miedo.
Y ahí algo me hizo click.
Tal vez el miedo no tenía que ser un enemigo. Tal vez podía ser simplemente el contraste, eso que me permite reconocer que existe otra forma de vivir lo que me está pasando. La posibilidad de elegir distinto. Elegir desde el amor y desde lo que es amoroso para mí y para los que me rodean.
Se lee simple, y una vez que lo empiezas a vivir sí es simple. El tema aquí es que aprendemos a reaccionar desde el miedo, a protegernos, porque nuestra mente se entrenó como si todo fuera peligroso… pufff, hasta ser amoroso se puede sentir peligroso. ¿Ustedes creen?
Me he observado muchísimo y he aprendido a cuestionar solo aquellos pensamientos que realmente siento que podrían estar diciéndome algo. Porque los que de plano llegan y pienso: “¿Y de qué telenovela sacamos esta historia loca?”, cada vez me es más fácil dejarlos pasar y seguir con lo mío.
Y eso ha sido de las cosas que más me han gustado de dejar de pelear conmigo misma. Con mucha práctica —y aquí la meditación me ha ayudado muchísimo— he aprendido que no todo lo que pienso tiene que pasar por un interrogatorio masivo para poder estar “tranquila”.
Poco a poco he ido reconociendo los pensamientos que nacen del miedo y aquellos que vienen de una intuición más profunda, de esa brújula interna que he estado calibrando con muchísimo amor. Aprender a distinguir qué sí merece que me detenga, lo observe y quizá lo cuestione… y qué, de plano, es NEXT.
Y lo más bonito de todo esto es que mi mente no dejó de hablar. Jajajaja. Sigue siendo rapidísima, creativa y de vez en cuando bastante novelera. La diferencia es que ahora ya no siento que tengo que contestarle todo lo que me dice.
A veces aparece un pensamiento viejo, uno de esos caminos que conozco perfecto, y puedo simplemente reconocerlo: “Ah, sí… ya sé a dónde lleva esto”. Y no tengo que demostrarme que está equivocado, ni abrir cinco carpetas para comprobar qué es verdad, ni pelear conmigo para hacerlo desaparecer. Puedo dejarlo estar y volver a donde realmente está pasando mi vida: aquí.
Creo que eso es lo que más libertad me ha dado. Entender que sentir miedo no significa que tenga que elegir desde el miedo. Que puedo escucharlo, reconocer que quizá intenta protegerme y aun así preguntarme: ¿qué quiero elegir yo frente a esto?
No siempre me sale, obvio. A veces todavía alcanzo a abrir la primera carpetita jajajajaja. Pero cada vez me doy cuenta más rápido de que no necesito llegar hasta la número diez.
Y quizá de eso se ha tratado todo este tiempo: no de conseguir una mente en silencio, sino de dejar de vivir discutiendo con ella.
Que piense. Que pregunte. Que de vez en cuando invente su telenovela. Yo puedo escucharla… y después elegir desde dónde quiero vivir. Y últimamente, cada vez más, quiero saber quién soy cuando elijo amor.
Hasta aquí dejaré este tema porque en verdad estoy gozando de conocer más mi mente y de ya no pelearme con ella.
Con muchísimo amor
SOF