
Ya ando de nuevo por acá, inspirada en escribir y, sobre todo, en compartir con ustedes uno de los retiros más bonitos y de muchísimo aprendizaje que he experimentado en esta vida.
Me fui a Oaxaca a un retiro de silencio de 5 días y, honestamente, tenía la creencia de que regresaría “iluminada”, toda elevada… pero pues ¿qué creen? jajajaja. La realidad fue otra: regresé con dolor de rodillas, dolor de espalda, arena en el pelo y en todo el cuerpo, y con mucha información bonita que le está dando una paz a mi mente y corazón que no sé si sea posible describir aquí con palabras… pero lo intentaré.
Creo que este tipo de retiros son muy bonitos (cuando uno se siente en la búsqueda de vivir experiencias que te reten a conocerte más), porque son pura práctica de cosas que posiblemente ya sabes o has leído, pero si no se practican, no se entienden. Hasta que no lo experimentas es cuando realmente comprendes. O bueno, en mi caso así es mi manera de aprender y entender la vida.
Primero quiero platicarles un poquito de lo que aprendí y darles una explicación teórica para que entiendan mejor el relato. La base principal de este retiro (además de no hablar NADA por 4 días) fue aprender Vipassana.
Yo sé, suena muy místico o muy yogui, budista o “¿qué cosas locas anda aprendiendo la Sof?”. Pero no. En realidad es algo muy básico y brutal al mismo tiempo: sentarte… y observar.
Observar la respiración.
Observar el dolor.
Observar la mente haciendo novelas catastróficas.
Con esta pequeña intro quiero empezar a contarles algunos acontecimientos que, sin saberlo en ese momento, fueron de lo más revelador y hermoso que viví. Espero que lo gocen, se rían y que logre captar su atención en lo que aprendí después de mucha, mucha práctica.
Primera enseñanza: LA PRIMERA MEDITACIÓN
Aquí empezó el retiro. A partir de ese momento estaría en silencio por 4 días completos. Claro que mi mente aún tenía mil dudas, incertidumbre y un poco de miedo de no saber qué iba a pasar en esos días.
Eduardo, nuestro guía de meditación, nos explicó brevemente que íbamos a meditar una hora, que buscáramos una posición “cómoda” y que era momento de cerrar los ojos y concentrarnos en la respiración.
Ahí voy yo, muy en mi papel de: “me la va a pelar esta meditación”.
Honestamente no sé si pasó 1 minuto, 10 o 15… cuando una de mis piernas empezó a entumirse. Pero no poquito. Horrible.
Y ahí empezó el caos mental (del cual no me di cuenta en ese momento, ya verán por qué).
Estaba tan preocupada porque se me estaba entumiendo la pierna que comencé a tener pensamientos muy locos. Me dije varias veces:
“Sof, si te montas en tu macho de ‘yo vine aquí a meditar como Buddha y no me voy a mover en 60 minutos para NADA’, lo más seguro es que esa pierna se te va a morir”.
Sí. Así como lo leen. Me la creí.
Pensé que había una alta probabilidad de que se me cortara la circulación y que, cuando abriera los ojos al final de la hora, mi pierna estaría morada y me la tendrían que amputar.
“ALERTA AMPUTACIÓN INMINENTE”.
Literal mi mente estaba con ese letrero gigante.
No sé cuánto tiempo duré en esa guerra mental, pero mientras más me cuestionaba si movía la pierna y la “salvaba” o si me aferraba a no moverme, más se entumía. Más y más.
¿Y qué creen que pasó?
Me creí la historia.
Cuando en realidad… solo estaba híper mega dormida la pierna. Punto.
Y lo más fuerte es que no me di cuenta de esta primera gran enseñanza hasta ahora que decidí escribirlo. Justo aquí, redactando, han ido llegando las revelaciones de lo increíble que fueron esos días.
La gran enseñanza fue esta:
Mucho del sufrimiento no es lo que pasa…
es la historia que contamos sobre lo que pasa.
Y si reflexionamos un poquito, así vivimos gran parte de nuestra vida: creyendo las historias locas de nuestra cabeza sin cuestionarlas. Solo porque están en nuestra mente, asumimos que son verdad.
Ahí es cuando dejamos de vivir el presente.
Vivimos en una historia que no es real.
Yo estaba tan enfocada en lo que podría pasarle a mi pierna en el futuro, que dejé de estar presente en ese momento. Incluso olvidé lo que realmente estaba practicando: escuchar y sentir mi respiración.
El dolor como maestro
Los días siguieron pasando y yo seguí muy metida en hacer de mi práctica algo bonito, en lograr esa paz mental.
En el tercer día, observando las posturas de los demás, por fin encontré la posición en la que “aguantaba” más el dolor corporal y donde cada vez era un poco más “cómodo” estar re-la-ja-da sin moverme.
Honestamente, en todas las meditaciones me dolió TODO.
Las rodillas gritaban auxilio.
La espalda estaba en huelga por estar tan derechita.
El cuello poseído de dolor.
Los empeines… la cereza del pastel.
Y con todo ese dolor entendí algo muy profundo.
Fue como si mi cuerpo me dijera:
“¿Ahora sí me vas a escuchar? PUES TOMA TODAS LAS SENSACIONES JUNTAS.”
En Vipassana el dolor no es el enemigo.
Es el maestro.
Porque viene a enseñarte:
– Impermanencia (sube, baja, cambia).
– Reacción automática (huir).
– Historias mentales dramáticas.
Lo máximo que logré meditar sin moverme fueron 45 minutos. Fue el tercer día, en la primera meditación de la mañana.
Recuerdo que desperté con mucha emoción de ir a meditar. Creo que mi cuerpo y mi mente estaban listos para vivir esa experiencia sin colapsar mentalmente.
Desde que inició fue algo así como:
“Ok, dolor. Estás ahí… te veo… no te peleo.”
Y ahí pasó algo mágico:
El dolor dejó de ser sufrimiento y se volvió solo una sensación.
Iba y venía.
Subía y bajaba.
Sin historia catastrófica.
Me enseñó a estar en total presencia, sintiendo todo lo que pasaba afuera y adentro… sin sufrimiento.
Segunda enseñanza: LA REVOLCADA DE LA OLA DEL MAR
Luego el universo decidió reforzar la lección y mientras estaba muy feliz disfrutando mi tiempo libre en el mar, llega tremenda OLA y tremenda revolcada que me dio.
Mientras daba vueltas abajo del agua pensé:
“ok… esto también va a pasar”.
Y me relajé.
La bendita impermanencia.
Salí toda digna, modo guerrera zen…
hasta que en la regadera cayó medio kilo de arena de mi cabeza.
Ahí me dio un ataque de risa.
Porque tal vez la iluminación no es volverte perfecta.
Tal vez es esto:
reírte de tu drama,
observar tu mente sin creértela toda,
aceptar las olas cuando llegan,
y seguir lavándote el pelo con shampoo dos veces.
Tal vez iluminarse no es elevarse del suelo,
sino aprender a estar en él.
Con dolor en las rodillas,
con arena en el cabello,
con pensamientos locos que anuncian “amputación inminente”.
Y aun así… estar en paz.
Hoy, si tuviera que resumir el retiro en una palabra, sería:
re-la-ja-da.
No porque la vida ya no duela.
No porque ya no haya olas.
No porque mi mente haya dejado de inventar historias.
Sino porque ahora sé observarlas.
Sin prisa.
Sin pausa.
Solo presente.
Y mientras aprendía a observar el dolor y las olas…
algo antiguo, silencioso y escamoso también decidió aparecer.
Pero esa visita merece contarse aparte.
Gracias por leerme, espero gocen de esta historia tanto como yo goce vivirla.
Con cariño re-la-ja-do
SOF

