
En el primer día de silencio pensé en ella.
La serpiente.
Como un recuerdo suave deslizándose por la mente.
“No vengas a asustar a nadie”, le pedi en secreto, como quien le habla a un espíritu antiguo.
El ashram respiraba lento. Madera, viento, hojas, arena, pasos descalzos.
Y al día siguiente, ahi estaba.
Enrollada en la viga principal de la cocina como un mantra vivo. Quieta, perfecta, presente.
Nadie podia hablar.
Pero todo el cuerpo del grupo hablaba. Ojos abiertos. Sonrisas contenidas. Dedos señalando mi tatuaje.
Silencio lleno de significado.
Yo no sentí miedo.
Sentí reconocimiento.
Como si algo muy viejo me dijera: “estás en casa”.
A veces levantaba la cabeza y nuestras miradas se cruzaban.
Dos animales observándose. Dos formas de conciencia respirando juntas.
Ella inmóvil. Yo aprendiendo a estarlo.
La serpiente no vino a interrumpir el retiro.
Vino a recordarme que la naturaleza también medita, que mudamos piel, que todo cambia, que todo se desliza, que nada se queda.
Y que a veces la vida te manda señales suaves, escamosas, perfectamente silenciosas.