LA VISITA

En el primer día de silencio pensé en ella.

La serpiente.

Como un recuerdo suave deslizándose por la mente.

“No vengas a asustar a nadie”, le pedi en secreto, como quien le habla a un espíritu antiguo.

El ashram respiraba lento. Madera, viento, hojas, arena, pasos descalzos.

Y al día siguiente, ahi estaba.

Enrollada en la viga principal de la cocina como un mantra vivo. Quieta, perfecta, presente.

Nadie podia hablar.

Pero todo el cuerpo del grupo hablaba. Ojos abiertos. Sonrisas contenidas. Dedos señalando mi tatuaje.

Silencio lleno de significado.

Yo no sentí miedo.

Sentí reconocimiento.

Como si algo muy viejo me dijera: “estás en casa”.

A veces levantaba la cabeza y nuestras miradas se cruzaban.

Dos animales observándose. Dos formas de conciencia respirando juntas.

Ella inmóvil. Yo aprendiendo a estarlo.

La serpiente no vino a interrumpir el retiro.

Vino a recordarme que la naturaleza también medita, que mudamos piel, que todo cambia, que todo se desliza, que nada se queda.

Y que a veces la vida te manda señales suaves, escamosas, perfectamente silenciosas.

La que mudo mi silencio

Mi guía espiritual!

En el retiro no solo mudé pensamientos.
Mudé piel.

Aunque no me di cuenta… hasta que ella apareció.

Desde la primera meditación hubo algo extraño. Mientras intentaba concentrarme en la respiración y sobrevivir al entumecimiento dramático de mi pierna, apareció un pensamiento muy claro:

“¿Y si viene una serpiente?”

La pude visualizar entrando lentamente al lugar donde estábamos meditando, pasando por encima de mis piernas. Yo sabía que era solo una historia en mi mente… pero fue muy vívida.

No fue miedo.
Fue presencia.

El pensamiento volvió a aparecer una segunda vez. Y recuerdo que, en silencio, le hablé:

Si vas a manifestarte, hazlo bonito.
Sin asustar.
Aquí hay humanos nerviosos.

Y lo solté.

Al segundo día, ahí estaba.

Enrollada en una de las vigas del comedor, donde nos reuníamos a comer en silencio, donde integrábamos pensamientos y dolores. Era color cafecito, no muy grande. Perfectamente tranquila, sin ganas de asustar a ningún humano.

Parecía que ella también estaba en el retiro.

Era un retiro de silencio.
Nadie podía hablar.
Pero pocas veces he sentido un silencio tan lleno de cosas no dichas.

Las miradas iban y venían.
Los cuerpos tensos.
El respeto.
El asombro.

Y entonces algunos compañeros comenzaron a mirarme… y a señalar mi tatuaje.

La serpiente.

Fue imposible no sentir que había una conexión.

No sé qué tipo era.
No sé si los demás sintieron lo mismo que yo.
Pero sí sé lo que sentí cuando nuestras miradas se cruzaron varias veces durante el día:

Acompañamiento.

En lo profundo de mi ser sentí que estaba ahí.
Por mí.
Y para mí.

No llegó con caos.
No atacó.
No huyó.

Solo estuvo, en silencio, acompañándonos.

Entonces algo dentro de mí entendió.

La serpiente como maestra

Las serpientes no mudan por estética.
Mudan porque crecer duele en la piel vieja.

Primero se aprietan.
Se rozan contra la tierra.
Se incomodan.
Y solo entonces… sueltan.

En esos días yo estaba exactamente ahí.

Dolor físico.
Ego inflamado.
Historias mentales.
Silencio que raspa.

Algo en mí estaba apretado.
Algo pedía desprenderse.

Y entonces ella apareció.

Como un recordatorio viviente de lo que estaba ocurriendo por dentro.

La muda no es elegante mientras sucede.
Es vulnerable.
Es torpe.
Es incómoda.

Pero es necesaria.

Después de verla, algo cambió.

No fue espectacular.
No fue una iluminación con luces doradas.

Fue más sutil.

Fue una certeza tranquila.

La certeza de que el silencio no es vacío.
Es fértil.

Que cuando te callas lo suficiente, empiezas a escuchar símbolos.
Presencias.
Mensajes que no pasan por la mente… pasan por el cuerpo.

No sé si ella estaba ahí “por mí”.
Pero sí sé que yo estaba lista para verla.

Y a veces eso es lo único que importa.

Tal vez no mudé completamente.
Pero sí me aflojé.
Sí me suavicé.
Sí dejé caer una capa.

Yo pedí una señal.
Y llegó enrollada en una viga.

El retiro terminó.
Y, en silencio, algo en mí sigue mudando.

Con amor,
Sof