Sigo integrando mucho todo lo que me está regalando la meditación…
Últimamente este tema de no creer todo lo que piensas ha sido algo muy bonito que he platicado con varias personas. En estas pláticas —algunas más profundas y reflexivas, otras más ligeras pero aun así dejando destellos de información— me he dado cuenta de algo que quiero compartir con ustedes.
La meditación me ha hecho ver algo maravilloso: lo convincente que puede ser mi mente. Y no es porque piense muchísimo o viva sumergida en mis pensamientos (aunque en algunas etapas sí caí en cuenta de que vivía más en lo que pensaba que en lo que realmente era), lo que entendí es que para mí era muy fácil creerme todo lo que pienso.
Donde lo pude ver clarísimo fue la primera vez que practiqué Vipassana, cuando me enredé totalmente con mi pierna entumida (si no han leído ese capítulo, plis vayan a leer “Crónicas de un retiro de silencio”, se van a divertir conmigo jajajaja). Fue impresionante cómo, en cuestión de segundos, mi mente ya había creado toda una historia: algo estaba muy mal con mi pierna, se me iba a gangrenar, me la iban a tener que amputar si me aferraba a seguir meditando.
Pero lo fuerte no fue el pensamiento… fue que en verdad me lo creí.
No lo cuestioné, no lo observé, ni siquiera dudé que fuera cierto. Me lo creí tanto que lo sentí completamente real.
Cuando escribí sobre esa historia entendí algo que de verdad me sacudió y que hoy se ha vuelto una de las herramientas más poderosas que tengo: mi mente no solo piensa, mi mente también construye realidades.
Y lo más fuerte es esto: muchas de esas “realidades” ni siquiera son reales. Me voy a atrever a decir que la mayoría de las veces no lo son.
Mi mente me miente… y yo me la creo.
Meditar hace muy evidente esta verdad, porque no hay distracciones, no hay ruido, no hay nada que me saque de lo que está pasando dentro de mí. Y así empecé a observar cómo funciona mi mente.
Aparece un pensamiento y en cuestión de segundos ya hay una historia. De esa historia (que solo existe en mi mente) nace una emoción; esa emoción trae una interpretación, y esa interpretación empieza a generar sensaciones en mi cuerpo. Así, sin darme cuenta, se construye toda una realidad interna.
Así funciona la mente —o bueno, mi mente— todo el tiempo.
Pero aquí viene lo más bonito: ahora sé que no todo lo que pienso es verdad.
Muchos pensamientos vienen del miedo, otros ya son costumbre y otros de historias viejas. Y yo… los trataba a todos como si fueran reales. Cuando medito pasa algo distinto. En lugar de creerme todo lo que pienso, lo observo. Y eso cambia todo. Porque cuando dejas de creerte el pensamiento, pasa algo muy poderoso: pierde fuerza. No desaparece, pero deja de dominarte.
Y ahí entendí algo súper importante: no soy lo que pienso, soy quien observa lo que se piensa.
Y eso, ¿qué creen que te da? Libertad.
Porque ya no tengo que reaccionar a todo lo que pasa en mi mente. Puedo elegir: no engancharme, no creerme la historia o la telenovela 😅, regresar al presente.
Tal vez eso es meditar también: no dejar de pensar, sino dejar de creer todo lo que pienso.
Porque antes de entenderlo… ya lo estaba sintiendo
Hoy quiero platicarles un poco más de lo que ha sido integrar la meditación a mi vida…
Tampoco crean que ya me volví toda elevada, yogi-budista que medita todos los días. No, la verdad es que lo hago de vez en cuando (aunque sí trato de hacerlo más seguido). Me gusta sobre todo ir a este estado de presencia cuando ando con pensamientos intrusivos o cuando quiero aterrizar algún tema que me está causando ruido.
Para mí se ha vuelto como un espacio donde puedo ver todo desde un punto más neutral… pero sobre todo, donde puedo darme cuenta de cómo lo estoy vibrando y sintiendo desde mi cuerpo, no solo desde lo que me dice mi mente.
Al principio yo pensaba que meditar era algo de la mente. Respirar, enfocarme y dejar de pensar. Pero conforme empecé a practicar más, me di cuenta de algo muy claro: el cuerpo llega primero.
Cuando me siento a meditar, todo empieza igual. Las piernas incómodas, la espalda pidiendo moverse, de pronto siento calor o frío, el pulso, la piel… literalmente mi cuerpo está sintiendo todo. Y lo más curioso es que lo primero que quiero hacer es callar todo eso, como si estorbara.
Pero ahí fue donde entendí algo importante: el cuerpo no se puede callar. El cuerpo habla todo el tiempo, aunque no quiera escucharlo. Y antes de entender lo que estaba pasando, ya lo estaba sintiendo.
De pronto empieza a pasar algo diferente. Aparece una quietud muy sutil, como una expansión rara, algo que no tiene nombre. Y cuando logro quedarme en la respiración y dejo de luchar con querer controlar todo lo que estoy sintiendo, llega una calma muy bonita. No sé cómo explicarla, solo sé que la siento… y que se siente como paz.
Y luego vienen las emociones.
En silencio, las emociones se sienten distinto. Sin distracciones, no hay a dónde ir. No llegan de golpe, más bien se van filtrando poco a poco… como la serpiente.
Primero aparece una sensación, luego una incomodidad, y después algo más profundo. No siempre sé qué es, pero sí sé que está ahí. Y en ese silencio, por primera vez, no hice nada para cambiarlo. No traté de respirar “mejor”, no intenté entenderlo, no me distraje… solo me quedé.
Y fue ahí donde algo empezó a moverse, pero no afuera, adentro.
Sentí cómo mi cuerpo se aflojaba, cómo la emoción respiraba, y cómo yo dejaba de intervenir. Y ahí entendí algo muy bello: el cuerpo no necesita que lo controles, necesita que lo escuches. Las emociones no vienen a incomodar, vienen a mostrarse.
El silencio no las crea… las revela.
Y cuando dejas de huir, algo cambia.
Las emociones no desaparecen, pero se acomodan. Como si algo dentro de ti dijera: ya puedes ver.
Y creo que ahí entendí algo que me cambió la forma de ver la meditación.
En el retiro no solo mudé pensamientos. Mudé piel.
Aunque no me di cuenta… hasta que ella apareció.
Desde la primera meditación hubo algo extraño. Mientras intentaba concentrarme en la respiración y sobrevivir al entumecimiento dramático de mi pierna, apareció un pensamiento muy claro:
“¿Y si viene una serpiente?”
La pude visualizar entrando lentamente al lugar donde estábamos meditando, pasando por encima de mis piernas. Yo sabía que era solo una historia en mi mente… pero fue muy vívida.
No fue miedo. Fue presencia.
El pensamiento volvió a aparecer una segunda vez. Y recuerdo que, en silencio, le hablé:
Si vas a manifestarte, hazlo bonito. Sin asustar. Aquí hay humanos nerviosos.
Y lo solté.
Al segundo día, ahí estaba.
Enrollada en una de las vigas del comedor, donde nos reuníamos a comer en silencio, donde integrábamos pensamientos y dolores. Era color cafecito, no muy grande. Perfectamente tranquila, sin ganas de asustar a ningún humano.
Parecía que ella también estaba en el retiro.
Era un retiro de silencio. Nadie podía hablar. Pero pocas veces he sentido un silencio tan lleno de cosas no dichas.
Las miradas iban y venían. Los cuerpos tensos. El respeto. El asombro.
Y entonces algunos compañeros comenzaron a mirarme… y a señalar mi tatuaje.
La serpiente.
Fue imposible no sentir que había una conexión.
No sé qué tipo era. No sé si los demás sintieron lo mismo que yo. Pero sí sé lo que sentí cuando nuestras miradas se cruzaron varias veces durante el día:
Acompañamiento.
En lo profundo de mi ser sentí que estaba ahí. Por mí. Y para mí.
No llegó con caos. No atacó. No huyó.
Solo estuvo, en silencio, acompañándonos.
Entonces algo dentro de mí entendió.
La serpiente como maestra
Las serpientes no mudan por estética. Mudan porque crecer duele en la piel vieja.
Primero se aprietan. Se rozan contra la tierra. Se incomodan. Y solo entonces… sueltan.
En esos días yo estaba exactamente ahí.
Dolor físico. Ego inflamado. Historias mentales. Silencio que raspa.
Algo en mí estaba apretado. Algo pedía desprenderse.
Y entonces ella apareció.
Como un recordatorio viviente de lo que estaba ocurriendo por dentro.
La muda no es elegante mientras sucede. Es vulnerable. Es torpe. Es incómoda.
Pero es necesaria.
Después de verla, algo cambió.
No fue espectacular. No fue una iluminación con luces doradas.
Fue más sutil.
Fue una certeza tranquila.
La certeza de que el silencio no es vacío. Es fértil.
Que cuando te callas lo suficiente, empiezas a escuchar símbolos. Presencias. Mensajes que no pasan por la mente… pasan por el cuerpo.
No sé si ella estaba ahí “por mí”. Pero sí sé que yo estaba lista para verla.
Y a veces eso es lo único que importa.
Tal vez no mudé completamente. Pero sí me aflojé. Sí me suavicé. Sí dejé caer una capa.
Yo pedí una señal. Y llegó enrollada en una viga.
El retiro terminó. Y, en silencio, algo en mí sigue mudando.
Ya ando de nuevo por acá, inspirada en escribir y, sobre todo, en compartir con ustedes uno de los retiros más bonitos y de muchísimo aprendizaje que he experimentado en esta vida.
Me fui a Oaxaca a un retiro de silencio de 5 días y, honestamente, tenía la creencia de que regresaría “iluminada”, toda elevada… pero pues ¿qué creen? jajajaja. La realidad fue otra: regresé con dolor de rodillas, dolor de espalda, arena en el pelo y en todo el cuerpo, y con mucha información bonita que le está dando una paz a mi mente y corazón que no sé si sea posible describir aquí con palabras… pero lo intentaré.
Creo que este tipo de retiros son muy bonitos (cuando uno se siente en la búsqueda de vivir experiencias que te reten a conocerte más), porque son pura práctica de cosas que posiblemente ya sabes o has leído, pero si no se practican, no se entienden. Hasta que no lo experimentas es cuando realmente comprendes. O bueno, en mi caso así es mi manera de aprender y entender la vida.
Primero quiero platicarles un poquito de lo que aprendí y darles una explicación teórica para que entiendan mejor el relato. La base principal de este retiro (además de no hablar NADA por 4 días) fue aprender Vipassana.
Yo sé, suena muy místico o muy yogui, budista o “¿qué cosas locas anda aprendiendo la Sof?”. Pero no. En realidad es algo muy básico y brutal al mismo tiempo: sentarte… y observar.
Observar la respiración. Observar el dolor. Observar la mente haciendo novelas catastróficas.
Con esta pequeña intro quiero empezar a contarles algunos acontecimientos que, sin saberlo en ese momento, fueron de lo más revelador y hermoso que viví. Espero que lo gocen, se rían y que logre captar su atención en lo que aprendí después de mucha, mucha práctica.
Primera enseñanza: LA PRIMERA MEDITACIÓN
Aquí empezó el retiro. A partir de ese momento estaría en silencio por 4 días completos. Claro que mi mente aún tenía mil dudas, incertidumbre y un poco de miedo de no saber qué iba a pasar en esos días.
Eduardo, nuestro guía de meditación, nos explicó brevemente que íbamos a meditar una hora, que buscáramos una posición “cómoda” y que era momento de cerrar los ojos y concentrarnos en la respiración.
Ahí voy yo, muy en mi papel de: “me la va a pelar esta meditación”.
Honestamente no sé si pasó 1 minuto, 10 o 15… cuando una de mis piernas empezó a entumirse. Pero no poquito. Horrible.
Y ahí empezó el caos mental (del cual no me di cuenta en ese momento, ya verán por qué).
Estaba tan preocupada porque se me estaba entumiendo la pierna que comencé a tener pensamientos muy locos. Me dije varias veces:
“Sof, si te montas en tu macho de ‘yo vine aquí a meditar como Buddha y no me voy a mover en 60 minutos para NADA’, lo más seguro es que esa pierna se te va a morir”.
Sí. Así como lo leen. Me la creí.
Pensé que había una alta probabilidad de que se me cortara la circulación y que, cuando abriera los ojos al final de la hora, mi pierna estaría morada y me la tendrían que amputar.
“ALERTA AMPUTACIÓN INMINENTE”.
Literal mi mente estaba con ese letrero gigante.
No sé cuánto tiempo duré en esa guerra mental, pero mientras más me cuestionaba si movía la pierna y la “salvaba” o si me aferraba a no moverme, más se entumía. Más y más.
¿Y qué creen que pasó?
Me creí la historia.
Cuando en realidad… solo estaba híper mega dormida la pierna. Punto.
Y lo más fuerte es que no me di cuenta de esta primera gran enseñanza hasta ahora que decidí escribirlo. Justo aquí, redactando, han ido llegando las revelaciones de lo increíble que fueron esos días.
La gran enseñanza fue esta:
Mucho del sufrimiento no es lo que pasa… es la historia que contamos sobre lo que pasa.
Y si reflexionamos un poquito, así vivimos gran parte de nuestra vida: creyendo las historias locas de nuestra cabeza sin cuestionarlas. Solo porque están en nuestra mente, asumimos que son verdad.
Ahí es cuando dejamos de vivir el presente. Vivimos en una historia que no es real.
Yo estaba tan enfocada en lo que podría pasarle a mi pierna en el futuro, que dejé de estar presente en ese momento. Incluso olvidé lo que realmente estaba practicando: escuchar y sentir mi respiración.
El dolor como maestro
Los días siguieron pasando y yo seguí muy metida en hacer de mi práctica algo bonito, en lograr esa paz mental.
En el tercer día, observando las posturas de los demás, por fin encontré la posición en la que “aguantaba” más el dolor corporal y donde cada vez era un poco más “cómodo” estar re-la-ja-da sin moverme.
Honestamente, en todas las meditaciones me dolió TODO.
Las rodillas gritaban auxilio. La espalda estaba en huelga por estar tan derechita. El cuello poseído de dolor. Los empeines… la cereza del pastel.
Y con todo ese dolor entendí algo muy profundo.
Fue como si mi cuerpo me dijera:
“¿Ahora sí me vas a escuchar? PUES TOMA TODAS LAS SENSACIONES JUNTAS.”
En Vipassana el dolor no es el enemigo. Es el maestro.
Lo máximo que logré meditar sin moverme fueron 45 minutos. Fue el tercer día, en la primera meditación de la mañana.
Recuerdo que desperté con mucha emoción de ir a meditar. Creo que mi cuerpo y mi mente estaban listos para vivir esa experiencia sin colapsar mentalmente.
Desde que inició fue algo así como:
“Ok, dolor. Estás ahí… te veo… no te peleo.”
Y ahí pasó algo mágico:
El dolor dejó de ser sufrimiento y se volvió solo una sensación.
Iba y venía. Subía y bajaba. Sin historia catastrófica.
Me enseñó a estar en total presencia, sintiendo todo lo que pasaba afuera y adentro… sin sufrimiento.
Segunda enseñanza: LA REVOLCADA DE LA OLA DEL MAR
Luego el universo decidió reforzar la lección y mientras estaba muy feliz disfrutando mi tiempo libre en el mar, llega tremenda OLA y tremenda revolcada que me dio.
Mientras daba vueltas abajo del agua pensé: “ok… esto también va a pasar”.
Y me relajé.
La bendita impermanencia.
Salí toda digna, modo guerrera zen… hasta que en la regadera cayó medio kilo de arena de mi cabeza.
Ahí me dio un ataque de risa.
Porque tal vez la iluminación no es volverte perfecta.
Tal vez es esto:
reírte de tu drama, observar tu mente sin creértela toda, aceptar las olas cuando llegan, y seguir lavándote el pelo con shampoo dos veces.
Tal vez iluminarse no es elevarse del suelo, sino aprender a estar en él. Con dolor en las rodillas, con arena en el cabello, con pensamientos locos que anuncian “amputación inminente”.
Y aun así… estar en paz.
Hoy, si tuviera que resumir el retiro en una palabra, sería:
re-la-ja-da.
No porque la vida ya no duela. No porque ya no haya olas. No porque mi mente haya dejado de inventar historias.
Sino porque ahora sé observarlas.
Sin prisa. Sin pausa. Solo presente.
Y mientras aprendía a observar el dolor y las olas… algo antiguo, silencioso y escamoso también decidió aparecer.
Pero esa visita merece contarse aparte.
Gracias por leerme, espero gocen de esta historia tanto como yo goce vivirla.